En el pequeño pero denso Borges y la Cábala: La búsqueda del verbo, de Saúl Sosnowski, leo una interesantísima opinión —no diré que es una constatación, todavía— sobre el desenlace de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». Habrá que recordar o explicar, a los que hayan cometido el error de no leer este cuento, que el Tlön del relato es un planeta inventado por una sociedad secreta de intelectuales financiados por el millonario estadounidense Ezra Buckley. Borges y Bioy Casares descubren su existencia a través de un artículo apócrifo en una copia americana no autorizada de la Encyclopædia Britannica que habla sobre Uqbar, uno de los países de Tlön. Luego de haber explicado el hallazgo, tiempo después del incidente inicial, de un tomo de una Primera Enciclopedia de Tlön, y de resumir su fabuloso contenido, el narrador Borges salta siete años al futuro, a una «posdata de 1947», y cuenta cómo, tras el «descubrimiento» (posiblemente una filtración intencional) del resto de los volúmenes de la susodicha enciclopedia, la ficción empieza a colarse en la realidad. El proceso es similar al que ocurre en la propia ficción tlöniana, donde los objetos perdidos suelen reaparecer duplicados y, en ocasiones, surge de la nada un objeto «educido por la esperanza».
Buckley es librepensador, ateo, y por eso Tlön, que es en principio un proyecto comisionado por él, excluye explícitamente al Dios cristiano. Sosnowski lo explica así:
Acota el narrador: “Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo” (p. 30). Su desafío se dirige contra el “impostor” y sus orígenes: “En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios” (Juan, I, 1). El desafío parece ser aceptado a través del medio utilizado para la “creación” de los mundos.
El método de creación es el de la Cábala; Dios crea a través de las palabras, de la combinación de letras. Las veintidós letras del alfabeto hebreo son sus instrumentos. Su poder es inmenso: un golem, por ejemplo, se anima al estampar en la arcilla de su frente las letras alef, mem, tav (que se leen ’emet, «verdad»), y vuelve a ser un objeto inerte cuando se borra la alef inicial dejando solo met, «muerto». Por eso, dice Sosnowski,
El surgimiento de Tlön constituye una victoria ambigua: la formación del planeta se “materializa” a través del instrumento que es la base de la doctrina que Buckley desea rechazar.
Tlön, que es ficción, «mera» escritura, irrumpe en la realidad porque la escritura lo anima, como si Dios (esta es la opinión de Sosnowski, y quizá un mensaje oculto de Borges) hubiera respondido al desafío de Buckley mostrando su poder. Los creadores de la ficción tlöniana jugaron, sin saberlo, a ser Dios.
Cuando los hacedores violentaron el verbo (el Verbo), generaron fuerzas ajenas a todo control humano. Este hecho subrayaría (…) la necesidad de mantener en secreto ciertas fórmulas (i.e., el verdadero orden de la Torah) cuya divulgación amenazaría la estabilidad del orden universal.
No estoy seguro de compartir este corolario de Sosnowski, aunque es probable que Borges, si no lo pensó así, lo hubiera encontrado fascinante. En lo personal me irritan profundamente los que rebuscan mensajes e intenciones en los textos literarios, pero Sosnowski no llega a ese punto, sino que expone una lectura válida.
Borges —siendo Borges— no tendría escrúpulos, claro, en esconder en silencio lecturas alternativas, niveles ocultos para regocijo del exégeta, para luego fingir sorpresa al ser «descubierto». Sospecho que es imposible saber si lo hizo en este caso. Borges —nota Sosnowski— toma la Cábala, como todas las disciplinas teológicas y filosóficas, como un juego. No se trata de simple divertimento, sin embargo. Borges juega con lo que es más sagrado y se toma muy en serio su juego porque va sobre todo —como los filosófos de Tlön— en busca del asombro.



Todos esos textos de Ficciones me resultan bastante bodrios como cuentos, me parecen más juegos de especulación intelectuales que realmente tramas narrativas. Los cuentos de El aleph me parecen superiores, porque la idea va bien unida a lo narrativo.
Dicho esto, me resultó muy interesante esta interpretación de "Tlön". Quizá deba releerlo a esa luz, a ver si puedo entrar un poco más en el texto.
Si no lo has leído, seguramente te gustará Seventy-Two Letters de Ted Chiang, que forma parte de un libro extraordinario, La historia de tu vida.