Pequeños dioses
De por qué algunos dioses requieren adoración y otros solo necesitan una nave espacial.
El otro día terminé de leer Small Gods, de Terry Pratchett, un autor que conocía solo de nombre y por la fama de su inmensa saga del Mundodisco. El tono del libro es ligero, casi cómico o tragicómico, de manera engañosa a veces, porque en verdad los asuntos que trata son bastante profundos. Me quedé pensando en los dioses de la ficción y en lo que los origina o los alimenta o debilita, asunto que Small Gods explora sin profundizar demasiado pero con constancia y cierta practicidad (es, a fin de cuentas, uno de los puntos centrales).
En el Mundodisco abundan los dioses, pero solo unos pocos son Grandes Dioses, de los adorados por millones y con dominio sobre imperios enteros. Los pequeños dioses son los que nunca llegaron a ser adorados por muchas personas, o bien grandes dioses que perdieron a todos sus creyentes y fueron olvidados o relegados. El hecho de que la gente crea en ellos y los venere es lo que les da a los dioses su poder. (¿Recuerdan ese episodio de Los Simpsons en que los carteles publicitarios cobran vida y empiezan a destruir Springfield, hasta que Lisa se da cuenta de que hay que dejar de prestarles atención?).
El Gran Dios Om, uno de los protagonistas de Small Gods, sigue siendo ídolo de multitudes, pero solo de nombre; su religión es una farsa apropiada por sacerdotes, y él mismo en realidad ya casi no tiene poder y ha quedado reducido, por algún motivo, a la forma de una tortuga terrestre. Ahora bien, un dios reducido a la insignificancia, como Om, puede volverse grande y poderoso en cuestión de segundos si ocurre un hecho portentoso a los ojos de los humanos; pero precisamente el escaso poder que les queda a los dioses cuando declinan les impide impresionar a los creyentes potenciales. El único objetivo de los pequeños dioses es —con sus pobres medios— tentar a un ser humano para lograr su adoración, y luego a otro, y a otro, hasta encontrar quizá un profeta, un ser humano con dotes excepcionales de convencimiento que pueda inducir a miles o millones a adoptar una nueva fe. De manera tan bíblica como esperable, los pequeños dioses pululan en el desierto, donde pocos pueden escucharlos pero ciertas tentaciones son más fuertes, y las urgencias, más acuciantes, que en las grandes urbes (donde, por otra parte, los grandes dioses no toleran competencia).
Las peripecias de Om para manipular a los humanos y lograr que lo lleven de un lugar a otro con mayor velocidad y menor riesgo que el que podría asumir él mismo en forma de tortuga me hicieron recordar un tratamiento mucho más serio en apariencia, aunque también más torpe y menos entretenido, del tema de los grandes poderes confinados. El contexto es el universo de Star Trek, donde no hay —en rigor— dioses «reales», pero sí una buena cantidad de seres alienígenas con poderes cuasidivinos. Uno de ellos es el que van a buscar los bravos tripulantes de la Enterprise en Star Trek V: The Final Frontier. La película es mediocre y la trama se sostiene con alfileres, pero de alguna forma logramos entender el carisma del vulcano Sybok, profeta de Dios (con mayúscula) que secuestra la nave para llevarla hacia el centro de la galaxia y más allá, respondiendo el llamado de la deidad que espera allí tras una barrera de energía que solo un vehículo como la Enterprise puede atravesar. Desembarcados ya en el planeta donde «Dios» habita, este exige con voz tonante que la nave se acerque más para abordarla y tomar control de ella, y ahí es cuando el siempre suspicaz capitán Kirk hace la pregunta: “What does God need with a starship?” («¿Para qué necesita Dios una nave espacial?»). Esto no está mal. Claro que, si uno duda de la omnipotencia divina porque Dios dice necesitar un vehículo, bien podría dudar también cuando pide que alguien escriba lo que Él le dicta, digamos; pero uno puede perdonarle a Kirk su falta de sutileza teológica en un momento tan urgente.
Hay un mensaje no tan distinto, pero muchísimo más sutil, en A Case of Conscience de James Blish, sobre el cual escribí una vez. Un grupo de investigadores humanos de visita en el planeta Lithia se trae un huevo de un habitante local, que eclosiona en la Tierra. El huevo es un regalo, o así lo parece, pero encierra una trampa, ya que el ser que nacerá de él llamará la atención de toda la Tierra sobre su especie, que vive sin guerras, sin agresiones, sin mentiras, con un código ético impecable a la vez que racional. Uno de los miembros de la tripulación, un sacerdote católico jesuita, desconfía y deduce que Lithia y sus habitantes son un instrumento del Maligno, destinado a mostrarles a los humanos que es posible vivir bien sin Dios ni fe. El niño lithiano no es un dios, ni tiene poderes superhumanos que lo hagan merecedor de ese nombre, pero es creación de un ente superhumano y maligno. El problema de quien lo afirma es, justamente, que admitir la creación de seres sentientes y autoconscientes por parte del Diablo es maniqueísmo, una herejía que pone al Diablo (como creador) al mismo nivel que Dios.
A veces los dioses no necesitan tanto drama para tentar a los humanos e inducirlos a llevarlos a lugares más propicios. Lo hizo bastante fácil Philip K. Dick en “A Present for Pat” («Un regalo para Pat»), uno de sus cuentos de juventud. Un pequeño dios de Ganímedes capta la atención de un viajante de negocios terrestre y, con una dosis apropiada de coerción (es una deidad climática, así que puede crear tormentas eléctricas a voluntad), logra que sus aburridos adoradores locales lo vendan a buen precio a quien promete llevarlo a conocer un planeta diferente. Dick no parece muy claro sobre las incumbencias del dios ganimediano, que, además de crear rayos y torbellinos de viento, puede hacer trucos menos «naturales» como reducir de tamaño a un hombre y transformarlo en sapo. El mismo dios les explica a los humanos que él es una entidad de un plano superior de la realidad, aunque no divina. Es pequeño en tamaño, como el Om de Small Gods, pero no pierde potencia aun si se encuentra entre incrédulos. El dios ganimediano no requiere de creyentes para conservar sus poderes innatos, pero sí necesita una nave espacial para transportarse de un planeta a otro.
Aquello de los seres de planos superiores es un tropo que, con variaciones, explica al «dios» climático ganimediano tanto como a Superman o a los fabulosos «alienígenas ancestrales» de History Channel, que popularizó el recientemente fallecido chanta de chantas Erich von Däniken y que (porque la estupidez resiste y se propaga) dio forma a la trama de origen de la horrible Alien vs. Predator. Yo hubiera preferido, en el relato de Dick, que el dios siguiera siendo un pequeño dios de verdad en un universo fantástico; Dick, sin embargo, es propenso a sobreexplicar y a concretizar.
Pratchett, por su parte, explica pero no se excusa ni escuda en la explicación: sus pequeños dioses no son compatibles con nuestra realidad, pero al autor no le importa y hace sus propias reglas. Que los dioses deban esforzarse para mantener a los adoradores que sustentan su poder es una regla fructífera. Gracias a ella, los pequeños dioses, que nos causan asco por ser mezquinos y crueles, se vuelven accesibles a nosotros: en su patetismo, en su necesidad de ser apreciados y queridos, nos vemos reflejados.




Ya todo el mundo menciono American Gods? Supongo que si. Capaz que lo mas curioso de eso es que Pratchett y Gaiman escribieron juntos Good Omens. Capaz que hicieron una apuesta sobre la premisa del libro y cada cual escribio el suyo :)
"El hecho de que la gente crea en ellos y los venere es lo que les da a los dioses su poder." Es exactamente la premisa central de "American Gods" (2001), la excelente novela de Neil Gaiman que luego fue convertida en la no menos excelente serie homónima emitida por Starz en 2017 (Cosa inusual, la transferencia de genialidad de un medio a otro). Muy recomendadas las dos.